LA IGLESIA CATÓLICA ALZA SU VOZ ANTE LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL Y LA UNIVERSIDAD PÚBLICA. ¿CUÁNDO?
Magnifica Humanitas "Desarmar" a la inteligencia artificial y advertir de sus peligros.
La pandemia COVID-19 marco un antes y un después en el terreno de la educación, pues se paso a utilizar de forma marginal las tecnologías educativas a un uso intensivo. Sin embargo, este salto digital acelerado no vino acompañado de una reflexión ética profunda, dejando a las aulas expuestas a algoritmos que, lejos de ser neutrales, comienzan a moldear el pensamiento crítico de los estudiantes.
En el año 2022 irrumpe la Inteligencia Artificial (IA) desatando una transformación vertiginosa que desafía los cimientos de la enseñanza tradicional y el mundo del trabajo.
En la actualidad, son escasas las voces críticas en torno a la Inteligencia Artificial (IA)que se atreven a cuestionar la hegemonía de las grandes corporaciones tecnológicas sobre el conocimiento; la mayoría de las voces se limitan a celebrar una eficiencia automatizada que, a menudo, sacrifica la profundidad del aprendizaje en el altar de la inmediatez. En esta tendencia, incluso la propia Universidad a caído en la trampa del discurso de la productividad mercantilista, olvidando que la verdadera sabiduría no se mide en la rapidez de la respuesta, sino en la capacidad de dudar, en la reflexión pausada y en la construcción de un juicio propio frente a la vorágine de datos procesados.
Es en este contexto que el Papa León XIII acertadamente, sitúa el momento histórico actual, muy similar al vivido durante la Primera Revolución Industrial(siglo XVIII) ,cuyo hito tecnológico fue la máquina de vapor, invención que sustituyó la fuerza física del hombre, transformando las estructuras sociales y laborales de su tiempo.
La Cuarta Revolución Industrial, la de los datos, los algoritmos y la inteligencia artificial, se erige como una nueva fuerza que, no ya sobre el músculo, sino sobre el intelecto, ejerce una influencia sin precedentes, desafiando la esencia misma de nuestra capacidad cognitiva.
Esta metamorfosis digital nos coloca ante una encrucijada ética donde la automatización del pensamiento amenaza con eclipsar la chispa de la creatividad humana y el discernimiento moral que nos define.
Lo común entre ambas revoluciones es la profunda incertidumbre que generan en el tejido social, pues si la Primera Revolución transformó el mundo del trabajo y reconfiguró las jerarquías de poder, la actual Revolución Industrial también está redefiniendo el mundo laboral que conocemos además de estar reconfigurando todo ámbito de actuación del ser humano.
Otro aspecto que el Papa equipara a la Primera y la Cuarta Revolución Industrial son las condiciones laborales a las cuales los obreros del ya lejano siglo XVIII eran sometidos: jornadas de 14 a 16 horas durante los 6 días de la semana, carentes de cualquier protección social o dignidad básica. Hoy estamos asistiendo al desmantelamiento de los derechos laborales bajo la máscara de la flexibilidad algorítmica, donde la precariedad se disfraza de autonomía y la vigilancia digital reemplaza al capataz, dejando al trabajador en una vulnerabilidad que evoca las sombras de un pasado que creíamos superado.
Esta realidad ha obligado al Papa León XIII a reflexionar sobre la urgencia de una ética que trascienda la eficiencia técnica y esté al servicio de la humanidad.
Y LA UNIVERSIDAD, DESDE SU ESPECIFICIDAD ACADÉMICA, ESTÁ MÁS OBLIGADA A ALERTAR SOBRE LOS POTENCIALES PELIGROS DE LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL.
La Universidad Pública, como parte del sistema educativo, ha sido la proveedora de los cuadros profesionales que el tejido productivo le ha demando. La Reforma Universitaria de los años 60s del siglo pasado respondió a un modelo de desarrollo de país que buscaba la industrialización y la tecnologización de la Educación. La famosa Reforma Educativa de 1968 respondía al marco de la Tercera Revolución Industrial ( la de la electrónica).
Si la Iglesia católica en su encíclica Magnifica Humanitas reconoce que los fundamentos y principios de la Doctrina Social de la Iglesia, se nutren de la contribución de las ciencias, las culturas y las experiencias humanas, la Universidad, por su historia , por su especificidad académica y científica, por ser pública, debe y esta obligada a asumir el compromiso ineludible de ser el faro ético que ilumine este complejo proceso de transformación epocal.
Esta responsabilidad trasciende la mera transmisión de conocimientos técnicos, sino que exige una síntesis profunda entre la razón científica y la sensibilidad humanista, garantizando que el progreso tecnológico no desplace la dignidad humana, sino que, por el contrario, la coloque en el centro de toda innovación. En este escenario, la academia debe erigirse como un espacio de diálogo crítico donde la ética no sea un adorno, sino el eje vertebrador de cada investigación. De esta manera, la universidad se convierte en un motor de cambio genuino, capaz de articular soluciones que respondan a las urgencias sociales con una visión de justicia y equidad, haciendo eco de aquel imperativo kantiano que nos insta a actuar de modo que la humanidad sea siempre un fin y nunca un medio.
¿ESTAREMOS LOS UNIVERSITARIOS A LA ALTURA DE ESTE GRAN DESAFÍO CONTEMPORÁNEO?
Imagen tomada del sitio web Religión Digital
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