La batalla por el foco de atención. Los videos cortos y el cerebro adolescente* Parte I . Por Ana Laura Colín González ( Química farmacéutica bióloga con doctorado en ciencias biomédicas)

Ilustraciones: Emmanuel Peña
 En ese momento de la vida, los sistemas vinculados con la recompensa y la sensibilidad social son muy reactivos; por eso los estímulos gratificantes, sobre todo los sociales, resultan tan atractivos

Sofía se sienta frente a su libro de historia. Abre el capítulo, lee el primer párrafo… y a los pocos segundos su mano se desliza automáticamente hacia el teléfono. Una notificación de TikTok brilla en la pantalla. En un instante el Imperio romano es reemplazado por un baile viral, un meme sobre gatos y el último desafío culinario. Cuando por fin levanta la vista han pasado dos horas. A la mañana siguiente está cansada, le cuesta concentrarse en clase y tiene la sensación de que nada de lo que estudia le resulta interesante.

Lo que le ocurre a Sofía tiene que ver con el diseño de las plataformas. Los videos cortos funcionan como snacks digitales: breves, hipersabrosos y fáciles de consumir. Cada video nuevo ofrece un estímulo al sistema de recompensa del cerebro. Como el cerebro adolescente es más sensible a la gratificación inmediata, se engancha fácilmente a esta novedad perpetua. El cerebro se acostumbra a brincar de una cosa a otra. Según investigaciones dirigidas por la psicóloga Gloria Mark, por ejemplo, en 2003 pasábamos alrededor de 150 segundos en un sitio antes de ir a otra actividad en la pantalla; hoy tardamos 47 segundos. En un ambiente así fijar la atención en una sola tarea cuesta mucho trabajo.

Lo que no usas lo pierdes

En la adolescencia el cerebro reorganiza sus conexiones (sinapsis) aplicando el principio fundamental de “o lo usas o lo pierdes” en un proceso llamado poda sináptica. Las habilidades que más se practican se fortalecen, las que se usan poco pierden espacio. Los contenidos ultracortos en línea ofrecen estímulo constante al sistema de recompensa, un conjunto de regiones cerebrales que se activan cuando algo nos da placer, liberando dopamina, neurotransmisor esencial en la motivación. Si se pasa mucho tiempo consumiendo estos contenidos el cerebro se acostumbra a buscar placer inmediato en detrimento de la paciencia y concentración que exigen otras actividades.

Durante la adolescencia los sistemas vinculados con la recompensa y la sensibilidad social son muy reactivos. Por eso los estímulos gratificantes, especialmente los sociales, resultan tan atractivos. Un video corto, cargado de novedad, música y aprobación instantánea, puede sobrecargar el sistema. El problema aparece cuando el estímulo se repite una y otra vez. Parar exige autocontrol, pero en la adolescencia todavía no ha terminado de madurar la corteza prefrontal, que permite regular impulsos y persistir hasta alcanzar una meta. Laurence Steinberg y otros científicos proponen que esto tiene buenas razones evolutivas: en la adolescencia nos independizamos de los adultos, y a lo largo de la historia de nuestra especie la sensibilidad a la novedad y a la aprobación social de nuestros pares nos ha ayudado a salir en busca de cosas nuevas.

 La fatiga cognitiva

Cada notificación, cada imagen llamativa y cada recompensa social exigen un ajuste en la corteza prefrontal. Con el tiempo, esa demanda repetida hace que concentrarse se vuelva más costoso y menos eficiente. Este fenómeno se conoce como fatiga cognitiva: un cansancio mental que reduce la capacidad de concentración, dificulta mantener la atención en tareas prolongadas y afecta la memoria de trabajo. Antes se pensaba que ocurría porque el cerebro se quedaba sin energía, pero según modelos recientes, como los que proponen Mathias Pessiglione y colaboradores, la fatiga cognitiva aparece cuando el cerebro determina que se ha vuelto demasiado caro mantener la concentración. Regular emociones y procesar estímulos intensos requiere activar continuamente cierta zona de la corteza prefrontal que es fundamental para el control cognitivo. Con la sobrecarga de trabajo, esta zona del cerebro libera un exceso de glutamato, neurotransmisor que participa en la excitación de las neuronas. Como medida de protección, el cerebro aumenta el “precio” de usar esa red neuronal, y la recompensa de seguir estudiando o leyendo ya no parece suficiente para justificar la inversión de energía. En consecuencia, el sistema apaga el control cognitivo y te empuja hacia opciones “baratas”, es decir, acciones impulsivas que requieren poco esfuerzo y ofrecen recompensas inmediatas.

Esto se nota en la escuela. Consultar redes sociales en clase o durante el estudio reduce el control de la atención y se asocia con calificaciones más bajas. Un estudio de Faria Sana, Tina Weston y Nicholas Cepeda de 2013 simuló una clase universitaria y comparó a estudiantes que hacían otras cosas en la computadora durante la clase con los que se concentraban en la lección. Los primeros obtuvieron calificaciones 11 % más bajas y tomaron peores apuntes que los segundos.

La mera presencia de un smartphone puede disminuir la capacidad cognitiva. Según un estudio esto ocurre porque una parte de la atención se destina a inhibir la tentación de revisarlo, incluso si está apagado o en silencio. Cuando el teléfono no está a la vista ni al alcance, se liberan recursos mentales y mejora el rendimiento cognitivo.

En el terreno emocional, el costo también es alto. Regular las emociones consume muchos recursos cognitivos. Agotarlos produce ansiedad, estrés y tristeza. Abusar de las redes sociales se ha asociado con mayores niveles de ansiedad y depresión. Aunque mirar videos puede aliviar el malestar en el corto plazo, a la larga este mecanismo crea un círculo vicioso de dependencia. Fenómenos como el fomo(miedo a perderse de algo)o la nomofobia(ansiedad por falta del celular) alimentan aún más este ciclo.

Las relaciones sociales tampoco se escapan. Pasar mucho tiempo en redes te aísla: muchos adolescentes dedican tanto tiempo y atención a la vida digital que las interacciones cara a cara pierden profundidad, como si estuvieran presentes físicamente pero con la mente en otro lado. Este estado continuo de atención parcial debilita los vínculos. Por si fuera poco, están los riesgos de exposición a interacciones negativas como el ciberacoso, que dejan huellas emocionales profundas.

La fatiga cognitiva no es un simple cansancio mental. Es un agotamiento progresivo de los sistemas que sostienen la atención, la memoria y la regulación emocional. Ese desgaste se traduce en calificaciones más bajas, malestar emocional y vínculos sociales más frágiles.

Fuente: Gaceta  UNAM  ÓRGANO INFORMATIVO DE LA UNIVERSIDAD NACIONAL AUTÓNOMA DE MÉXICO

 https://www.comoves.unam.mx/numeros/articulo/331/la-batalla-por-el-foco-los-videos-cortos-y-el-cerebro-adolescente

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