Por Nota Antropológica : Cuando la academia normaliza el abuso. Vínculos, decisiones, reglas implícitas en la vida académica

 


En muchos pasillos universitarios, la formación se mezcla con relaciones de poder que no siempre se nombran. Una beca prometida, una tutoría que abre puertas, una invitación a un proyecto. Estos gestos, que parecen parte del oficio académico, pueden convertirse en piezas de un sistema que sostiene el abuso sin necesidad de gritos ni escándalos visibles. La investigación de Carolina Espinosa Luna, del CRIM-UNAM, junto con Consuelo Corradi, de la LUMSA Università, propone una mirada que permite entender cómo estas prácticas se organizan, circulan, se justifican.

El estudio parte de más de cien entrevistas con mujeres que han vivido situaciones de trato desigual dentro de la universidad. Sus relatos dibujan escenas que se repiten con distintos rostros. Una estudiante que entrega su trabajo sin recibir crédito. Una joven investigadora que acepta cargas de traba
jo a cambio de una promesa futura. Una profesora que ve bloqueado su ascenso por decisiones que nunca se explican de forma abierta. En cada caso, el daño no aparece como un hecho aislado. Se integra a una cadena de intercambios que parecen normales dentro de la vida académica.

Las autoras llaman a este entramado economías de legitimidad abusiva. La idea es sencilla de nombrar, aunque compleja de observar. En la universidad circulan bienes con alto valor. Tiempo, reconocimiento, acceso a redes, posibilidad de publicar, estabilidad laboral. Quien controla estos recursos puede fijar reglas no escritas. Una persona entrega disponibilidad, silencio, trabajo no remunerado. Otra acumula prestigio, control, continuidad en su posición. El intercambio no se presenta como un trueque explícito. Se disfraza de acompañamiento formativo, cercanía profesional, confianza personal.

Este mecanismo se sostiene dentro de redes de poder. No siempre actúa una sola figura. Aparecen colegas que protegen, comisiones que retrasan trámites, reglamentos interpretados según conveniencia. La estructura formal existe. Su aplicación depende de relaciones informales que deciden quién avanza, quién espera, quién queda fuera del circuito. La autoridad institucional no desaparece. Cambia de función. Sirve para ordenar silencios, para desgastar reclamos, para redistribuir oportunidades sin dar explicaciones públicas.

El proceso no termina en la relación entre dos personas. Entra en juego el juicio del entorno. Un comentario que provoca risas en clase. Una burla que se normaliza como broma. Una trayectoria reconocida que vuelve incuestionable a quien ejerce el abuso. El grupo funciona como testigo que valida, minimiza, tolera. La práctica se vuelve parte del paisaje. La repetición crea costumbre. La costumbre crea aceptación.

Las consecuencias atraviesan la vida académica completa. Muchas mujeres ajustan su comportamiento para evitar fricciones. Reducen su participación, cambian de tema de investigación, buscan otros espacios, cargan con emociones que afectan su continuidad. Algunas reproducen estas lógicas cuando alcanzan posiciones de decisión. No por convicción moral, sino por adaptación a reglas que parecen inamovibles.

El trabajo muestra que el problema no se limita a la falta de normas ni a personas con conductas extremas. El núcleo está en la forma en que se organizan los intercambios cotidianos, en cómo se distribuyen recompensas, en la manera en que una comunidad juzga lo que considera aceptable. La violencia académica se instala cuando el abuso deja de ser una excepción para convertirse en una práctica tolerada dentro del funcionamiento ordinario.

Las autoras señalan que en las últimas décadas han surgido cambios importantes. Protocolos, espacios de acompañamiento, debates públicos, mayor circulación de testimonios. Estos movimientos abren fisuras en un sistema que durante mucho tiempo operó sin ser cuestionado. Sin embargo, las redes de poder, los intercambios opacos, los juicios que protegen al agresor siguen presentes bajo nuevas formas.

Pensar la universidad como un espacio de formación implica revisar cómo se construye la autoridad, cómo se reparte el reconocimiento, cómo se define el mérito. Implica mirar las escenas pequeñas, las decisiones administrativas, los silencios compartidos. Allí se juega gran parte de la vida académica. No en los discursos oficiales, sino en las prácticas diarias que moldean trayectorias.

Si la vida universitaria se construye en gestos pequeños, acuerdos implícitos, silencios compartidos, vale la pena preguntarse qué lugar ocupamos dentro de esas tramas cotidianas. ¿Optamos por adaptarnos a reglas que parecen inevitables, o buscamos abrir espacios donde el trato sea más justo y transparente? Si esta lectura te movió alguna idea, te invitamos a dejar un comentario, reaccionar, compartir la nota con alguien que forme parte del mundo académico, la conversación colectiva también transforma los espacios que habitamos.

Fuente

Espinosa Luna, C. y Corradi, C. (2026). Economías de legitimidad abusiva. Explicación sociológica de la violencia académica contra mujeres*. Estudios Sociológicos, 44, e2873.

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