Mireya Rodríguez: Venezolana, exparlamentaria, PhD y DEA en Economía del Trabajo : Innovar o desaparecer: la universidad iberoamericana frente a la era de la inteligencia artificial y el transhumanismo
La OCDE corrobora que las instituciones educativas que integran tecnologías digitales avanzadas logran mayores niveles de pertinencia, eficiencia y capacidad de adaptación, al potenciar el juicio académico con evidencia empírica y análisis prospectivo (OCDE, 2023).
La educación superior en América Latina atraviesa una de las coyunturas más profundas y disruptivas de su historia reciente. A los problemas estructurales arrastrados durante décadas —deserción, desigualdad de acceso, rigidez curricular— se suma hoy una transformación de su esencia: el cambio acelerado del mercado de trabajo impulsado por la inteligencia artificial (IA), la automatización y el surgimiento del transhumanismo, paradigma donde el origen del conocimiento ya no nace solo del ser humano, sino también de inteligencias artificiales que aprenden por sí mismas (Bostrom, 2014; Harari, 2016).
No se trata de una crisis coyuntural. Los datos son elocuentes: la deserción en educación superior supera el 40 % en promedio en la región. Estudios muestran que cerca de la mitad de los estudiantes que inician estudios superiores en América Latina no los concluyen (UNESCO-IESALC, 2021), mientras que el Banco Mundial estima que solo el 46 % de quienes acceden a la educación terciaria logra graduarse, lo que implica tasas de abandono cercanas al 54 % (Banco Mundial, 2021). Paralelamente, la matrícula en carreras largas y tradicionales muestra una caída sostenida desde la pandemia y no han logradorecuperar su ritmo de crecimiento previo a 2020 (Ministerio de Educación de El Salvador, 2025).
Este fenómeno no expresa desinterés por el conocimiento, sino una pérdida de confianza en la capacidad y velocidad del sistema universitario para ofrecer trayectorias formativas pertinentes, actualizadas y con sentido de futuro.
Un modelo que reacciona tarde: Durante gran parte del siglo XX, la universidad fue el principal mecanismo de movilidad social y certificación profesional. Ese rol hoy está en cuestionamiento. Desde la demanda, el mercado laboral está pidiendo perfiles híbridos, con capacidades técnicas, digitales, analíticas y socioemocionales integradas. Sin embargo, buena parte de la oferta académica continúa estructurada bajo lógicas rígidas: planes de estudio extensos, ciclos de actualización lentos y una escasa articulación con la dinámica real del empleo.
Incluso, como advierte el Foro Económico Mundial, una proporción significativa de las habilidades requeridas en el trabajo cambiará en el corto plazo. En su Future of Jobs Report 2025, el organismo estima que el 39 % de las competencias laborales actuales se transformarán antes de 2030 (Foro Económico Mundial, 2025), mientras que los sistemas educativos siguen operando con tiempos de reforma que superan ampliamente ese horizonte.
El resultado es un sistema que reacciona cuando el cambio ya ocurrió. Las universidades, en muchos casos, continúan formando para ocupaciones en proceso de desaparición o de profunda transformación, marcadas por la interseccionalidad del conocimiento.
El fin del monopolio del conocimiento: A esta brecha estructural se suma un cambio cultural decisivo: la universidad ya no posee el monopolio del conocimiento. Hoy, el acceso a la información es masivo, inmediato y global. Plataformas digitales, cursos abiertos, certificaciones alternativas y sistemas de IA compiten directamente con la educación formal.
La UNESCO ha señalado que el desafío central de la educación superior ya no es transmitir información, sino desarrollar pensamiento crítico, capacidades complejas y aprendizaje a lo largo de la vida (UNESCO, 2021). Si la universidad solo ofrece contenidos que pueden encontrarse gratuitamente en línea, su relevancia social comienza a erosionarse.
Inteligencia artificial y toma de decisiones; paradójicamente, mientras el mundo del trabajo se apoya crecientemente en datos y analítica avanzada, muchas instituciones de educación superior continúan tomando decisiones estratégicas basadas casi exclusivamente en información retrospectiva: matrícula histórica, encuestas generales o desempeño pasado. Mirando por el espejo retrovisor.
Hoy existen enormes volúmenes de datos sobre el mercado laboral: vacantes, habilidades demandadas, sectores emergentes y perfiles en crecimiento que pueden transformarse en inteligencia académica aplicada, gracias a la AI, que permitiría anticipar escenarios, detectar riesgos de obsolescencia curricular y orientar la creación de nuevas ofertas formativas.
En ese sentido, la OCDE corrobora que las instituciones educativas que integran tecnologías digitales avanzadas logran mayores niveles de pertinencia, eficiencia y capacidad de adaptación, al potenciar el juicio académico con evidencia empírica y análisis prospectivo (OCDE, 2023).
El desafío transhumanista: Más allá de la automatización, el debate actual incorpora una dimensión más profunda: la integración —e incluso el desplazamiento— de las capacidades humanas y los sistemas inteligentes. Autores como Nick Bostrom y Yuval Noah Harari advierten que la IA generativa ha comenzado a reconfigurar quién produce conocimiento, quién aprende y quién legitima el saber, abriendo una etapa transhumanista con profundas implicaciones sociales y políticas (Bostrom, 2014; Harari, 2016).
Este escenario plantea un desafío radical para la educación superior. Si la universidad continúa enseñando y evaluando competencias que la tecnología ya realiza mejor y más rápido —memorización, cálculo rutinario, procesamiento automático de información— aumentará el riesgo de volverse irrelevante.
Ante ello, la educación del futuro debe concentrarse en aquello que sigue siendo distintivamente humano: pensamiento crítico, juicio ético, creatividad, toma de decisiones complejas y responsabilidad social para formar ciudadanos capaces de construir sociedades más justas.
América Latina y El Salvador: entre el riesgo y la oportunidad: En países como El Salvador, estas tensiones se expresan con particular intensidad. Las universidades -en particular las privadas- enfrentan presiones simultáneas: mejorar la empleabilidad de sus egresados, impulsar investigaciones significativas, sostener la matrícula, cumplir procesos de acreditación (nacionales e internacionales) y responder a estudiantes que demandan trayectorias más cortas, flexibles y orientadas a resultados. Como nunca, la transformación digital tiene la capacidad de contribuir a enfrentar estos desafíos.
De hecho, el Banco Mundial y el Banco Interamericano de Desarrollo coinciden en que la transformación digital de la educación superior es una condición necesaria para su sostenibilidad financiera y legitimidad social (BID, 2021; BID & Banco Mundial, 2023). Las instituciones que no se incorporen a estos cambios corren el riesgo de perder relevancia; aquellas que los lideren podrán recuperar la confianza social.
El imperativo de la innovación: La pérdida de matrícula y la deserción no son solo indicadores administrativos: son síntomas de un sistema que ya no logra ofrecer respuestas convincentes a las nuevas generaciones. Innovar, en este contexto, no es un lujo ni una moda tecnológica. Es una condición de supervivencia.
Asi, la pregunta ya no es si la educación superior deberá cambiar, sino con qué velocidad, profundidad y visión estratégica está dispuesta a hacerlo. Porque en la era de la inteligencia artificial y el transhumanismo, quien no lidere el cambio, lo padecerá.
Fuente: https://www.eldiariodehoy.com/opinion/innovar-o-desaparecer-la-universidad-iberoamericana-frente-a-la-era-de-la-inteligencia-artificial-y-el-transhumanismo/55771/2026/?fbclid=IwY2xjawPKFcxleHRuA2FlbQIxMABicmlkETFhUXFqcjUzY0RxbzVCSUpuc3J0YwZhcHBfaWQQMjIyMDM5MTc4ODIwMDg5MgABHpf56ovlnItPLvQkQlONDFGv4q5Ha-nZqOp0nrGY2KmUbS_7ELp5npCDDfi7_aem_6baFyk1dZ9lUd5ygr5XwFg

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