EL ANTIINTELECTUALISMO COMO SOMBRA CULTURAL

  A lo largo de la historia el antiintelectualismo ha operado como una corriente subterránea que atraviesa civilizaciones, épocas y sistemas políticos. No siempre se presenta de forma explícita o violenta, pero su efecto es constante: debilitar la confianza en el pensamiento crítico, desacreditar el conocimiento complejo y reducir la reflexión a un lujo innecesario o incluso peligroso. Más que una simple aversión al saber, el antiintelectualismo es una postura cultural que sospecha de la mente cultivada y la percibe como amenaza al orden establecido.

En los regímenes autoritarios, esta actitud ha sido evidente. La quema de libros en la China imperial bajo Qin Shi Huang, el exterminio de intelectuales armenios durante el genocidio de 1915 o la persecución de profesores y estudiantes en la Camboya de Pol Pot muestran que el saber organizado suele ser uno de los primeros objetivos del poder totalizante. El intelecto incomoda porque cuestiona, compara y recuerda. Allí donde se busca obediencia absoluta, la reflexión resulta subversiva.

Sin embargo, el antiintelectualismo no es exclusivo de las dictaduras. En contextos democráticos también ha encontrado terreno fértil, aunque adopta formas más sutiles. En Estados Unidos, por ejemplo, se consolidó una tradición cultural que exalta la experiencia práctica y desconfía de la teoría abstracta. Richard Hofstadter observó que la combinación entre fervor religioso, igualitarismo radical y pragmatismo utilitario creó una narrativa donde pensar demasiado se volvió sinónimo de elitismo, desconexión o arrogancia. El intelectual fue transformado en caricatura, el famoso egghead, ajeno a la vida real.

La educación misma ha sido atravesada por esta lógica. En nombre de la accesibilidad y el interés inmediato, se ha tendido a reducir la exigencia intelectual, privilegiando la utilidad rápida sobre la formación profunda. La escuela dejó de concebirse como un espacio para la búsqueda rigurosa de la verdad y pasó a ser vista como una fábrica de competencias funcionales. El resultado no es una ciudadanía más libre, sino una más vulnerable a la manipulación emocional y al discurso simplificado.

En el siglo XXI, el antiintelectualismo se ha adaptado al ecosistema digital. La desconfianza hacia los expertos, el relativismo extremo y la proliferación de teorías conspirativas han erosionado la autoridad del conocimiento científico y académico. La lógica de las redes sociales premia la opinión inmediata y la certeza emocional, no la duda razonada ni el argumento sustentado. Como advertía Isaac Asimov, la idea de que toda opinión vale lo mismo, independientemente de su fundamento, se ha convertido en un dogma peligroso.

Frente a este panorama, el desafío no es solo educativo, sino cultural. Defender el intelecto no implica despreciar la experiencia cotidiana, sino reconocer que el pensamiento crítico es una herramienta de emancipación. Recuperar el valor de la curiosidad, la lectura atenta y la reflexión incómoda es esencial para sostener una vida democrática genuina. El antiintelectualismo no desaparece por sí solo, se combate cultivando la mente como un acto de responsabilidad colectiva.


Fuente :https://www.facebook.com/SociedadPoeticaOficial

Comentarios

Entradas populares