miércoles, 19 de octubre de 2011

Paul Ricoeur en 1970 catalogó a Freud, Nietzsche y Marx como los “Maestros de la Sospecha”


Los maestros de la sospecha (y las sospechas de los maestros...)

Escrito por Óscar Picardo Joao
Miércoles, 19 octubre 2011 00:00

opicardo@iseade.edu.sv

Paul Ricoeur en 1970 catalogó a Freud, Nietzsche y Marx como los “Maestros de la Sospecha”. El criterio que utilizó Ricoeur para unificar a estos pensadores fue el tratamiento que recibió la conciencia en sus obras como punto de partida: El materialismo económico –Marx–, la voluntad de poder y el superhombre –Nietzsche– o el inconsciente dinámico, expresado en el deseo sexual, la frustración y la agresividad –Freud–. En Marx la conciencia del individuo se falsea por intereses económicos (y propone la desideologización), en Freud por represiones de su inconsciente (y establece una terapia) y en Nietzsche por el resentimiento de la debilidad (y propone una restauración del nuevo hombre).

También los tres pensadores coinciden en el ateísmo, dada su convicción en la idea de que Dios es un pretexto interesado para engañar a la gente, y alejarla de la razón y del principio de realidad (opio, neurosis o insatisfacción).

Más allá de que estemos o no de acuerdo con estas ideas, uno se pregunta: ¿Cuál es la concepción de conciencia –o antropológica– en los sistemas educativos o filosofías educativas contemporáneas?; y tengo la “sospecha” que ni siquiera existe una conciencia vaga sobre la visión de ciudadano que pretendemos formar desde el aparato curricular.

Cuando uno llega a las escuelas, la mayoría de maestros no conoce ni posee el documento llamado “Currículum Nacional”. Es más, algunos no logran diferenciar a este de los programas de estudio de grado, y sus herramientas más cercanas son el libro de texto, las planificaciones o jornalizaciones y los PEI; y uno se pregunta a modo de sospecha: ¿a quién estamos formando?, ¿con qué criterios axiológicos y antropológicos estamos educando? y ¿quiénes y con qué criterios están enseñando?

Lo más profundo que he oído al explorar en este tema es el discurso simplista: educados a un ser “bio-psico-social”, el cual debe hacer eco de las dimensiones del ser humano y los fundamentos curriculares (filosófico, sociológico, biológico, psicológico, histórico, antropológico, etc.) también desconocidos en la escuela.

Más allá de las disciplinas básicas que surcan el sistema educativo –Matemáticas, Ciencias, Sociales y Lenguaje– no debemos olvidar, que ante todo, formamos a la persona, y como diría Paulo Freire esta responsabilidad es un arte delicado que tiene que ver con los sueños, miedos y expectativas de la persona.

Es posible que este deterioro ético que vivimos, expresado en la violencia, además de la pobreza, la exclusión y la migración, tenga a la base una desfiguración de la concepción humana y una desvaloración de la vida misma arraigada en una educación limitada; efectivamente, si no sabemos bien quiénes somos, y si tenemos una concepción del devenir futuro sin sentido, poco realista y pautada por religiones malentendidas (providencialista o predestinación) la vida valdrá muy poco o tendrá una solución en el más allá... mientras el más acá es un caos...

El pragmatismo consumista de hoy –por comisión u omisión– establece como principio y fundamento del ser humano el poder adquisitivo; la vida de la gente se centra en pagar, comprar, en las tarjetas de crédito (“la gente sabe el precio de todo y el valor de nada”, O. Wilde); y la crisis financiera y recesiones globales tienen la misma lógica: gastar más de lo que producimos y dar dinero al que no tiene con qué pagar.

Al final, el patrón de felicidad, de paz y de democracia de las naciones gira en torno a la macro-economía; incluso, las mismas reformas educativas han tenido un fuerte talante economicista: centradas en créditos ineficientes, y en elevar la cantidad del gasto sin importar la calidad.

FUENTE: http://www.laprensagrafica.com/opinion/

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