Therian, la irracionalidad cultural en su máxima expresión

 Por : Julio César Cháves

El movimiento therian (del griego thērion, “bestia”) surge en la década de 1990 en foros de internet angloparlantes vinculados a comunidades otherkin, donde algunos participantes comenzaron a expr
esar que no solo se identificaban simbólicamente con criaturas mitológicas, sino específicamente con animales reales. Con el tiempo, estas experiencias subjetivas se organizaron en comunidades virtuales con códigos propios, relatos de “despertar identitario” y una narrativa compartida que interpreta esa identificación como parte constitutiva del yo.

La expansión de redes sociales en los años 2000 y 2010 amplificó el fenómeno, trasladándolo desde espacios marginales de foros especializados hacia plataformas masivas, donde adquirió visibilidad pública y carácter de tendencia cultural.

Y así, en los últimos años se ha observado la expansión de prácticas identitarias en las que ciertos individuos manifiestan sentirse, de manera simbólica o subjetiva, como animales, particularmente perros. Este fenómeno no puede ser reducido a una anécdota excéntrica ni despachado con una burla superficial. Se trata de un síntoma cultural que merece un análisis crítico.

Desde la psicología, la identificación con el perro puede entenderse como un mecanismo de compensación. El perro representa lealtad incondicional, ausencia de juicio moral complejo, pertenencia clara a una manada y un lugar definido en la jerarquía. En una sociedad caracterizada por la fragmentación de vínculos, la precariedad laboral y la incertidumbre existencial, asumir simbólicamente rasgos caninos puede funcionar como una estrategia de escape frente a la sobrecarga de responsabilidad que implica ser adulto en el mundo contemporáneo.

El fenómeno también puede leerse desde la teoría del reconocimiento. Según Axel Honneth, la identidad se construye en la interacción social y en la validación por parte de otros. Cuando el reconocimiento humano falla, familias disfuncionales, bullying, aislamiento digital, el individuo puede buscar una identidad alternativa que le otorgue pertenencia inmediata dentro de comunidades virtuales que celebran esa diferencia.

El “ser perro”, entonces, deja de ser una metáfora privada y se convierte en bandera pública. Asimismo, la modernidad tardía, descrita por Zygmunt Bauman como “modernidad líquida”, diluye identidades estables y relativiza marcos normativos tradicionales. En ese contexto, la identidad ya no se recibe, se elige, se ensaya, se descarta. El problema surge cuando la libertad identitaria pierde anclaje en la realidad biológica y antropológica. La distinción entre metáfora y ontología comienza a desdibujarse.

La condición humana implica racionalidad, lenguaje simbólico complejo, responsabilidad moral y conciencia histórica.

Renunciar simbólicamente a esos atributos, aunque sea en clave performativa, puede interpretarse como una regresión cultural. No se trata de negar la libertad individual, sino de advertir que la exaltación acrítica de toda autodefinición conduce a una cultura donde el límite entre imaginación y realidad se vuelve poroso.

Esto me lleva a pensar que la proliferación de estas prácticas también se vincula con la lógica digital. Las redes sociales premian lo llamativo, lo extremo y lo disruptivo. En ese ecosistema, la identidad se convierte en espectáculo. Cuanto más extravagante, mayor visibilidad. El algoritmo no distingue profundidad psicológica de teatralidad: solo amplifica. Así, comportamientos marginales adquieren apariencia de tendencia cultural.

Un análisis serio evita la descalificación fácil. Sin embargo, puede afirmarse que existe una creciente irracionalidad cultural cuando se naturaliza la negación de categorías básicas de la realidad humana. La crítica no debe dirigirse al individuo aislado, sino al marco cultural que trivializa la antropología y relativiza sin medida.

En términos clínicos, es necesario distinguir entre juego simbólico, fetichismo consensuado, construcción identitaria y posibles trastornos disociativos. No todo fenómeno es patología, pero tampoco todo debe celebrarse como diversidad incuestionable. La madurez cultural consiste en sostener esa tensión crítica.

En conclusión, la identificación con perros como identidad declarada no puede comprenderse solo como excentricidad. Es un espejo que refleja una sociedad fatigada de sí misma, que a veces parece más cómoda en la metáfora animal que en la responsabilidad humana. La tarea no es ridiculizar, sino recuperar una concepción sólida de la persona, libre, pero anclada en la realidad y consciente de su dignidad racional.


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